miércoles, 20 de agosto de 2008

Panorama desde el puente


















Madrid tiene indigentes que aceptan tarjeta de crédito. Hay hoteles que no están cerca de la estación porque están en la estación. En una calle no destacan las pintadas con sprays porque toda la parte baja de las todas fachadas, puertas antiguas de entrada a edificios incluidas, están pintadas con sprays. En el metro entran personas de todas las razas, nacionalidades y culturas. Chinos, árabes, latinoamericanos, subsaharianos. No predominan unos u otros. En el bar La Troje te sirven en la mesa llevándote la botella para que la veas. En el bar Bukowski mi amigo el escritor de microrelatos me presenta al maquetador del más allá (la revista). Allí saludo al hijo de Gonzalo Torrente Ballester que es asiduo de este bar. Después, un taxi hiperveloz nos lleva hasta el hotel, sólos en la noche de Madrid la velocidad y nosotros. El hotel, el sueño. El metro. Ella me hace fotografías. Ráfagas de flash estrepitoso. El mundo subterráneo desenfocado. Una chica acaricia la cubierta de un libro recién comprado antes de abrirlo. Delante, detrás. Dos chicas hablan de como se debe tomar la comunión, con las dos manos o con una. Lavapiés es un barrio con muchas tiendas de ropa regentadas por chinos, económicas. Puedes encontrar cosas interesantes. Yo encontré una cazadora de esas que sólo quieres ir con ella. La nubes grises pueden acechar lluvia y no hace tanto calor. A veces hace hasta frío. Hay un restaurante que se llama La Soberbia, curioso nombre. Más tarde, en el museo no hay colas. Hay estatuas, cuadros, curiosos cuadros de Miró, blancos inmaculados grandes con puntos o líneas negros. Dalí arrebata con su perfección en tan poco espacio. Un edificio rojo adosado al museo destaca por su voladizo inmenso, metálico. Farmacias de entrada estrecha, como un pasillo abiertas para las urgencias imprevistas. El rastro sigue siendo el paraíso de los coleccionistas de cromos, objetos curiosos, tebeos, libros de segunda mano, cajitas, muebles, antigüedades, ropa, relojes, bares atestados de gente al mediodía. Sentados al lado de una entrada estrecha de un parque de bomberos esperamos el final del viaje. Una llamada. Otra vez el metro. Otra vez el hotel. El tren. El sueño y el viaje nos devuelven a nuestro lugar de origen. Otra vez el maldito mundo de todos los días.

2 comentarios:

Elsa-dinamizadora dijo...

exactamente asi es, ¿ nos habremos equivocado de estacion? Elsa

Yo, el de siempre. dijo...

Yo lo veo así. La estación es verano. En la estación verano está el hotel a donde te lleva el taxi porque ya no hay metro. Estaciones, trenes, hoteles, taxis y metros. ¿Qué más se puede pedir? Saludos, Elsa.