La chica con chaqueta de piel violeta y cabello rubio recogido espera a que cambie el color de la luz del semáforo. Ella vive en el mundo de los peatones. Yo en el de los conductores y paso sin poder detenerme, porque vivimos en mundos diferentes. Su mundo es tranquilo y reglado. El mío, veloz y caótico. A lo largo de los años, cada uno, en su mundo, ha tenido todas las sombras a su alcance, una tras otra. Pero ella sabe mantener la pose hierática al esperar en un paso de cebra. Y yo, coleccionista de instantes, atesoro todas las veces en las cuales su mirada ha hablado más de la cuenta. Mañana posará una vez más, en el mismo paso de peatones, con su chaqueta de piel violeta y su cabello rubio recogido, esperando, como todos los días, que cambie por fin la luz del semáforo. Y yo siempre en mi veloz mundo, no podré, una vez más, detenerme.



Hoy he vuelto al Manila. He vuelto a todos los días anteriores que volví. A preparar la presentación de un libro con un actor y hablar sobre todas las cosas menos de la presentación del libro. A tomar cervezas y hacer risas con amigas del trabajo o lo que es lo mismo, a tomar cervezas y hacer risas con amigas. A ponerme ciego de pacharán ignorando algunas recomendaciones. A tomar café con una persona que conocí en una cafetería en Granada hace diecisiete años y que ahora vive cerca. A firmar un libro con café por medio. A celebrar el día ese de los enamorados. A poner mi programa de radio, en diferido, los lunes por a tarde, a las ocho. A darle un librito firmado a la jefa. A tomar un café solitario y triste, cualquier día temprano. A tomar un café en compañía un sábado antes de la compra. A ver lo que dice de mí el periódico. Es posible que mañana vuelva a algún día más, quién sabe, si vuelvo pues, a las personas que estuvieron allí, ya nos vemos.

