Ayer estuve en un concierto, de blues, decían. En los conciertos, dicen, lo suyo es estar delante del escenario, escuchando, saltando, bailando y apreciando los acordes y eso. Yo prefiero detrás, sin escuchar nada, charlando con el músico que me acaban de presentar, al que vi en un bar tocando solo hace quince años. Y cruzarme con otro, y hablar, sí, os vi en concierto-acampada,
en algún sitio de la provincia de Córdoba en...¿1993?, tocando después de aquellos, sí, ¿quién eran? Tabletom, iban delante de vosotros. Ah, ya. En la magia del backstage donde los vestuarios, que otros llaman camerinos, y los servicios son de pocas estrellas, casi ninguna. Que no tienen champagne caro, ni barato, ni flores, ni agua de una determinada marca, vaya, botellitas de agua y cocacolas. Aquí no hay divismos ni divos y el glamour del rock and roll, que aquí llamaban blues es verlos subir al escenario, subir ellos mismos los instrumentos y equipos y tocar como nadie. Sin roadies, sin groupies, ni sexo, ni drogas. Sólo rock and roll.

Hoy he vuelto al Manila. He vuelto a todos los días anteriores que volví. A preparar la presentación de un libro con un actor y hablar sobre todas las cosas menos de la presentación del libro. A tomar cervezas y hacer risas con amigas del trabajo o lo que es lo mismo, a tomar cervezas y hacer risas con amigas. A ponerme ciego de pacharán ignorando algunas recomendaciones. A tomar café con una persona que conocí en una cafetería en Granada hace diecisiete años y que ahora vive cerca. A firmar un libro con café por medio. A celebrar el día ese de los enamorados. A poner mi programa de radio, en diferido, los lunes por a tarde, a las ocho. A darle un librito firmado a la jefa. A tomar un café solitario y triste, cualquier día temprano. A tomar un café en compañía un sábado antes de la compra. A ver lo que dice de mí el periódico. Es posible que mañana vuelva a algún día más, quién sabe, si vuelvo pues, a las personas que estuvieron allí, ya nos vemos.








